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Reunión familiar

El sonido seco de sus largas uñas golpeando arrítmicamente el mármol de la mesa rebotaba en todos los rincones de la habitación. La otra mano aguantaba un gesto que se debatía entre el aburrimiento y la resignación. Seis ojos la observaban expectantes alrededor de una mesa llena de platos vacíos. El silencio hacía prever la futura explosión. 

Pese al inicio prometedor, todas las esperanzas de realizar una comida familiar tranquila se habían venido abajo. Belén miró a su hermano mayor esperando que éste tomara la iniciativa pero Pedro continuaba observando a su madre con gesto interrogante. <<¿es que no vas a decir nada mamá?>> dijo Luis por fin al cabo de varios segundos. Marga se apartó el flequillo de los ojos con un soplido y atravesó, uno a uno, a sus hijos con la mirada <<No. ¿Y vosotros no tenéis casa o qué?>>

<<Vamos mamá, sólo queremos lo mejor para ti>> dijo Belén <<Ya has trabajado bastante, no tienes necesidad de continuar siendo la portera de un edificio lleno de gilipollas. En este piso podrías vivir tranquila y hacer tus cosas. Tienes dinero suficiente para llevar una vida mejor.>>

<<No vais a conseguir que me vaya de mi casa, sabandijas>> Marga se encendió un cigarrillo. <<Yo ya sé lo que tramáis.>>

Pedro se levantó ruidosamente de la mesa. <<Déjalo, Belén, si ella quiere vivir en su vida de mierda, rodeada de borrachos y fregando escaleras, adelante, ya la has oído, es lo que quiere. Pues nada, madre, continúa siendo una pordiosera el resto de tu vida. Yo no aguanto más, has agotado mi paciencia.>>

<<¡Pues lárgate con tu mujercita a tu piso de parqué y déjame en paz! ¡Lo que os pasa es que os avergüenza que vuestra madre sea portera! ¡Y una mierda mi felicidad! a mi no me la pegáis. ¿qué coño os hace pensar que no quieggg sssf ffffffffz q q q q>>

Los tres hijos se quedaron parados durante unos segundos observando a su madre dormida con la cabeza metida en el plato. A pesar de que ya estaban acostumbrados a sus ataques de narcolepsia no podían dejar de impresionarse cada vez que se daban. Marga hacía caso omiso a las recomendaciones médicas para intentar controlarlos. En ocasiones podía llegar a sufrir un par o tres al día, generalmente cuando se enfrentaba a emociones intensas como la risa o el enfado. A veces se despertaba al minuto y a veces a la hora. Luis empezó a sacudirla por los hombros pero el sueño era demasiado profundo. Los tres hermanos, resignados, acabaron sus cafés y salieron por la puerta.

Cuando Marga se despertó, al cabo de unos treinta minutos, tenía toda la cara untada de puré de patatas. Después de blasfemar y quitarse los restos de comida del pelo se encendió un cigarro y se sentó en el sofá. Se sentía un tanto turbada. La mesa llena de platos le recordó la escena inmediata al ataque y el enfado volvió a apoderarse de ella. <<Al menos podían haber recogido, ¿cómo pueden esos esnobs ser hijos mios?>> Su relación con ellos había ido de mal en peor hasta el punto de que ya reconocía abiertamente que no podía soportarlos. Los nuevos ricos, enemigo en casa. <<Y la rata esa venga a pasarles dinero>> Echaba la culpa a su ex marido por haber creado una fortuna de la nada en el negocio de la construcción. Estaba segura de que ese dinero no debía ser del todo limpio pero eso era lo que menos le importaba. Aunque ella también recibía su parte, sus mayores gastos se limitaban a la taberna de al lado y su vida apenas había cambiado. <<Nunca llegaran a ser nadie>> Los constantes intentos por parte del resto de la familia de convencerla para que se acomodase acababan siempre en discusiones sin acuerdo y algún que otro portazo. Ella era la portera del edificio 17 del carrer Ample, y eso era, exactamente, lo que quería seguir siendo.

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