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Raschid viaja a París

En el fondo todo es una sorpresa constante, piensa Raschid, un poco escandalizado. No sabe muy bien cómo, pero se ha visto embarcado en una aventura que le puede traer más de un problema. Y de dos. Después de viajar en patera, en autobús, en camión, después de estar durante meses en Barcelona buscando normalizar la situación, sin papeles, buscando la manera de conseguirlos, ahora, justo ahora, una llamada al principio anónima le devuelve a la cruda realidad de la frontera de la legalidad.

-“Mira Raschid, te seré sincero, o haces lo que te voy a proponer, o Muhammad lo va a pasar bastante mal”.

Esa voz le causó escalofríos. No identificó el acento, pero no era español, ni catalán, ni árabe. Pero por un hermano, y más por un hermano que vive en la clandestinidad, se hace lo que sea.

Así que, como le había indicado esa voz, acudió a un bar de la zona alta de Barcelona, recogió un sobre a su nombre, y se preparó para un viaje más difícil que el que realizó desde Tánger a Tarifa.

Ni un aeropuerto, ni uno, había pisado en su vida. Así que se sintió un poco confuso cuando llegó al Prat. Teniendo en cuenta que llevaba una identidad falsa, un billete barato y que no había comprado, intentó no llamar la atención. Iba bien peinado, bien vestido y sobre todo, bien sonriente.

Más tranquilo de lo que estaba cuando bajó del cercanías, Raschid subió al vuelo 4282 de EasyJet hacia París Orly. Le sorprendió no tener problemas al pasar el control de la Guardia Civil, pero un DNI a nombre de Jhamed Younes, ciudadano de Ceuta, le había franqueado todas las puertas.

Le sorprendió ver las nubes a sus pies. Aunque en el fondo no podía pensar ni en nubes ni en filosofías. Joder, él se había jugado la vida en el estrecho para llegar a un futuro mejor y estaba metido hasta el cuello en asuntos turbios en el barrio viejo de Barcelona. Es más, sin saber casi donde se encontraba su hermano, una voz anónima y amenazante le había hecho coger un vuelo barato a París para vete tú a saber qué. Como para pensar en las nubes. De hecho, ni siquiera miró a la azafata que le recogió la bandeja donde había dejado la Coca-Cola.

Al fondo del avión un grupo de estudiantes cantaba canciones picantes. Y una chica francesa, borracha claramente, se puso a bailar en el pasillo. Todo era diversión en el aeroplano, menos Raschid. Con gesto ausente miró una vez más por la ventanilla, justo antes de que el capitán tomara la decisión de anunciar el aterrizaje.

Ahora sí que Raschid era un manojo de nervios. Bajó del avión, tomó la mochila de la cinta transportadora y miró los carteles hasta que escrito en árabe vio su nombre supuesto en un cartel. Un cartel que llevaba en la mano un eslavo de 2 metros de altura y con cara de haber matado a más de una persona. Temblando como un conejillo, Raschid, el astuto Raschid, como le llamaban en su aldea, se acercó. Salió con el ruso al parking del aeropuerto. Iván, o como se llamara, le arrebató la mochila y se la vació, y metió 25 camisetas. O lo que parecían 25 camisetas. Raschid no quiso ni mirar, así que cogió la mochila y se volvió a la terminal. Otro avión le esperaba. Ni siquiera había visto a lo lejos la torre Eiffel. “Vaya mierda de viaje a París”, pensó.

Cuando el gendarme le miró el DNI, después de facturar la mochila, Raschid notó una mirada más penetrante de lo normal, pero pensó que sería por su raza.

Esta vez no pudo tomar ni la CocaCola, así que miró a la azafata, para entretenerse y una sonrisa forzada le respondió desde lo alto de un uniforme azul. Cerró los ojos y a mitad de un sueño lleno de niñas morenas con bandejas de frutas, el avión aterrizó en el Prat. Salió del avión, pasó el control, y la mochila no llegó. Pasaron los equipajes de todos los pasajeros. Maletas, mochilas, guitarras, pero no la de Raschid-Jhamed. Pasaron todas, pero no la suya. Y entonces ocurrió. Un Guardia Civil se acercó por detrás a Raschid y casi le susurró “Señor Younes, tenga la amabilidad de acompañarme”. El bote que dio Raschid no se le olvidará nunca. Pero calló. El instinto quizás. Así que sin decir nada siguió al guardia hasta un cuartito al lado de la terminal. “Disculpe señor Younes, pero su mochila se ha abierto en el trayecto del avión a la cinta y creemos que se ha perdido parte de su contenido”. Raschid miró desconfiado hacia su mochila. Sólo había el paquete que le habían dado en París. Nada más. De hecho, no tenía que haber nada más. Pero mintió. “Pues sí! No hay nada de mi ropa ni de mis cosas de aseo”. “Lo sentimos señor Younes, pero nos tememos que se ha extraviado, si quiere hacer una reclamación, diríjase a la ventanilla”.

Raschid tomó la mochila sin creer ni una palabra de lo que le decía el guardia, pero no podía hacer otra cosa. Así que salió del aeropuerto y se dirigió directamente a aquel bar de Sant Gervasi, tomó un café y dejó la mochila “olvidada” en la mesa.

Dos horas más tarde estaba completamente borracho en el Kalifornia, en la calle Escudellers. Y aunque Alá y su puta madre le daban absolutamente igual, rezó por su hermano Muhammad, donde quiera que estuviese. E incluso por lo que fuera a pasar con aquella mochila y con toda la gente que se había acercado a ella.

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