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Concha se despierta

Se despierta sobresaltada. Mira a su alrededor. Sus ojos miopes tardan unos segundos en reconocer el lugar. Hace poco tiempo de su traslado y aun no ha hecho de este apartamentito ravaleño su hogar.

Barcelona amanece azul anaranjado. Como casi todos los días. A Concha, esta luz intensa del Mediterráneo le hace levantarse contenta. Envuelta en su albornoz pone la cafetera al fuego mientras se enciende un cigarro. Sale al pequeño balcón que da a la plaza y respira una gran bocanada de aire. Para entrar esquiva las cuatro grandes macetas que albergan al ficus, al magnolio, un pequeño rosal y un tronco. Alcanza la regadera que había adquirido días atrás en la misma tienda donde había comprado sus plantas, un pequeño local de barrio regentado por Luisa, con quien había entablado una amistad de marianitos antes de comer y unas cervezas al caer la noche. No habían entrado en intimidades pero juntas se reían.

Con la regadera en la mano, se dirige a la cocina, separada del salón por una barra americana. Coloca el recipiente en el fregadero y abre el grifo. Hacía un momento funcionaba perfectamente ¿Por qué ahora no sale agua? Comienza a sospechar las causas del precio del apartamento.  Teme que lo que en estas semanas le había parecido viejo pero con encanto, como aquellas casitas de la Correría vitoriana, con el mismo olor a meaos en el portal pero con luz entrando por las ventanas, pase a ser cochambroso y demasiado expuesto al exterior.

Decide tomárselo con calma. Prepara una nota para dejar en la portería. Recuerda que el casero le había dado un número de teléfono pero no dónde puede haberlo dejado. Se pregunta si habrá llegado la hora de comprarse un móvil. Hasta hoy no había tenido  esta sensación de aislamiento. Tenía ganas de volver a empezar y en esta mañana el móvil se presenta como elemento que le ayudará a fabricar vínculos. Se sonríe mientras estruja el cigarro contra el cenicero. ¿Cómo pueden estar pasando esos pensamientos tan cursis por su cabeza? Vale que sea domingo, que empiece la primavera, pero esto de hacer guiones para un anuncio de telefonía pasa de castaño oscuro.

La calle está repleta de guiris. Le hace gracia ser una especie de extranjera. Sus mañanas hacía años que habían transcurrido entre holas somnolientos a viejas del barrio en su paseo hasta la frutería, donde tenía que seguir soltando holas mientras se cagaba en sus muertos entre los dientes. Ahora se divierte mirando a su alrededor, identificando a las mismas viejas con sus mismos carros. Esta será de las de media rodaja de piña, por favor, y esta otra la que te marea eligiendo la barra de pan hasta llevarse la primera que rechazó.

Es curioso. Parece que no descansen ni los domingos. La persiana de Luisa es de las pocas que ve bajadas. Entra en el locutorio que encuentra justo en frente y sale de él con un teléfono. Cree haber entendido bien como funciona, aunque tuvo dificultades. Marca el número de Marco, pulsa la tecla verde. Esta tarde le hará una visita. Volverá a enfrentarse con el laberinto subterráneo.

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