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El abuelo

Paula se cagaba en Dios, y en la madre de Dios. El hartazgo anticatólico duraba ya lo que va de misa a misa de domingo. Ni para una atea beligerante como ella podía ser bueno tanto anticlericalismo. Ya sabía cual era el sabor de aquellas desavenencias entre sus actos espontáneos, alocados e insensatos, y sus dudas cabalgantes por sus pelos despeinados como toboganes enzarzados. Hasta en medio de una de sus epopeyas sexuales con Javi había dudado. Estaba harta de casi todo, y al fin y al cabo de casi nada. Y decidió dar con el epílogo de la monserga. Con una buena espera, en el mejor lugar, una sala de espera.

Paula esperaba en la sala de espera del geriátrico. Pasaban ya las doce y la clase de gimnasia de su abuelo estaría a punto de terminar. El sol inundaba la habitación blanca, y su abuelo entró buceando entre los haces de luz.

- Estoy de cojones, la gimnasia esta te deja como nuevo.

Paula miraba a su San Jorge nonagenario a través de la pantalla solar. Su abuelo le guiñó el ojo, la miró de arriba abajo con la sonrisa más complaciente y abrió los brazos hasta el mar. Paula cubrió toda la extensión de su cintura y se abrazaron, en esa barca de bienestar que era para los dos abrazarse.

- Anda, sácame de aquí un rato.
- Vamos.

Paula y su abuelo sonrieron al conserje, cruzaron la puerta y siguieron andando. Hay que hacer las cosas con convicción decía siempre su abuelo. Cogieron el coche, y como en las mejores fugas, fueron a un sitio bonito a saciar sus vicios. Una terraza en la playa, al sol.

- Dos cañas.
- Y unas patatas.
- ¿Como está tu madre? – Bien. – ¿Tu padre? – Bien-. ¿Tu hermano? – Bien. – ¿Y la niña? – Bien – ¿Las chicas? – Bien. – Como se llama…el chico aquel alto…
- Javi. - ¿Como esta Javi? – Bien.
- ¡Muy bien hombre! ¡Eso está muy bien! ¡Vamos a brindar! ¿Donde están las cañas?

El camarero sirvió las cañas sobre la mesa, y en ese momento Paula empezó a llorar desconsoladamente. – ¿Y tu? ¿Como estás? - El abuelo miró el mar y acompasó las olas con los lloros de su niña más querida. – ¿Mi niña, y a ti que te pasa?

Paula balbuceó un no lo sé con esa voz extraña que los lloros distorsionan.

- Tú llora lo que quieras. Mira el mar, ese si que está lleno de sal y nadie le dice nada.

El abuelo buscó al camarero con la mirada y pidió a gritos – Otra caña, y otra para mi nieta.

Y pasó, húmedamente, la mañana. Paula no dejó de llorar entre sorbo y sorbo de las tres cañas que se trincaron. El abuelo no dejó de contar los cuentos más bonitos. Desgranó su clase de gimnasia, la apretada agenda cultural del geriátrico, las fiestas clandestinas en la habitación del manco, compañero de su quinta en aquella lejana historia de la república. Lo contó todo en cuidados monólogos para satisfacer a su nieta. El hurto de la nueva medicina del geriátrico, la marihuana para el cáncer, sus últimas conquistas de don Juan y las llamadas al programa de la Campos. Embelleció todas las historias con infinito cariño.

Paula dejó de llorar a las tres y cinco. Ya no tenía nada en su ojo izquierdo, y por fin dejó a Dios tranquilo allá en el mundo celeste, mientras se preparaba para dar un vuelco a su mundo terrestre.

- Tienes que cambiar de aires, tendríamos que irnos a la India tu y yo. A ver que se cuece por ahí. Mierda de hotel de viejos, te tratan tan bien que ya no apetece viajar. Dile a tu madre que el domingo hay comida. Os quiero a todos. ¿Vamos?
- Vamos.







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