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Carla y Miguel

Reencontrar a Carla vagabundeando por la Fnac siete años después de su último encuentro fue para Miguel como un guiño de su infancia. Desde su ubicación de castigado perenne, a menudo veía a Carla, entre las amigas de su hermana, igual que aquella tarde en la Fnac: abstraída, desubicada, absorta en su propia ausencia. Era la única que sonreía mientras él salía en volandas de alguna tertulia siendo reprendido por algún prócer, no necesariamente el suyo, que le acusaba de “haberlo estropeado todo”. Era también la que le retaba, a veces, y la única que recogía los guantes que él lanzaba el los momentos álgidos de tedio familiar. El tedio y el ostracismo eran sus dos únicos y poco visitados vínculos. No existía entre ellos más que una vaga y tácita complicidad que jamás manifestaban en público. Se conocían a través de los otros. Miguel deducía de las melifluas sentencias del tribunal de sabios que ella no era buena estudiante, que no tenía novio jamás y que, si por ella fuera (esto lo decía la propia madre de Carla con un nudo en la garganta), saldría a la calle vestida con un saco. Desde su atalaya de exiliado, Miguel sentía una solidaridad profunda con aquel personaje condenado a la integración social.

Aquella tarde los dos estaban lejos del tiempo y el lugar en que solían coincidir. Los catalanes celebraban el día de St. Jordi y Miguel había paseado todo el día por la ciudad congratulándose de haber perdido el vuelo de la mañana. Carla estaba de un humor siniestro. Las manifestaciones institucionales de amor la devolvían a las noches de San Juan y San Valentín, a tantos otros momentos cálidos enturbiados por el velado reproche de su madre que no perdía nunca la esperanza de verla aparecer de un brazo, sin importar a quién perteneciera. La nostalgia por el pasado la abandonaba en aquellos momentos y no podía dejar de pensar que una gallega sin morriña era la más cruel representación de la ausencia. Tal vez por eso había entrado en una gran superficie sin encanto alguno. Después de hojear algunas novelas se dirigió hacia la puerta.

Su creciente mal humor le impidió escuchar el sonido de la alarma y la llamada del guarda. Cuando iba a bajar las escaleras sintió que la cogían del brazo.

-         Perdón señorita, ¿Me puede enseñar lo que lleva en la mochila?

Carla, sin entender nada se negó. Miguel observaba la escena desde lejos. Un segundo guarda se unió a la escena. Ella gesticulaba indignada y se aferraba a su mochila como si fuera el último reducto de su intimidad. Finalmente, cuando comprendió la situación, cedió a la demanda de la autoridad. Justo detrás de la cremallera, como un insulto fuera de lugar, los tres vieron aparecer con creciente sorpresa la cara del Ex-presidente del gobierno, José María Aznar, bajo el título de su último libro “Retratos y perfiles”. Antes de haber podido reponerse, Carla vio como un tipo alto y delgado se dirigía a los estupefactos guardas en un tono de paternal confidencia. La dejaron a un lado un momento. En el transcurso de la conversación ella pudo reconocer bajo el traje de chaqueta al hermano menor de su amiga Sandra. Lo entendió todo de golpe y trató de reprimir la risa. Instantes después él la cogía por los hombros y la conducía hacia la salida.
 

-         Miguel, eres un cabronazo. ¿Se puede saber que les has dicho?

-         Yo también me alegro de verte.

Se alegraba mucho de verle. Aunque la hubiera hecho pasar por una pepera cleptómana y fanática de Aznar. Sin saber muy bien por qué siempre había sentido una ternura especial por aquel porrero lánguido que era motivo de burla entre sus amigas y de disgusto constante  entre los mayores. Los pensamientos siniestros se desvanecían ante su aspecto de cachorro, y a la hora de la cena, Carla disfrutó pensando que si su madre la viera compartiendo la velada con aquel bala perdida, añoraría los tiempos en los que reprochaba la soledad de su hija.

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