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Concha coge el Metro

El Metro es todavía una novedad. Todavía, se repite Concha. Mira a su alrededor y se pregunta para cuántos fue una novedad. Cuántos habían ido dejando día a día que aquel espacio subterráneo lleno de ruidos conquistase un tiempo considerable de su rutina. Pero el tiempo aquí abajo transcurre distinto. No se mide por minutos sino por paradas. Que no se restan al reloj, sino que se suman. Llegar cuesta siempre media hora. Pero media hora distinta. No cuesta lo mismo media hora plantada en la Virgen Blanca, que media hora de travesía por el subsuelo. No. No pasa más rápido. Pasa distinto. Tan distinto como los cinco últimos minutos antes de que el reloj marque la salida de la frutería y aquellos cinco que transcurren entre pitido y pitido del despertador. Despertador. Buf, que bien se vive sin despertador. Madrugar por el placer de vivir la mañana. Sin sonidos estridentes que te marquen obligaciones. Vacaciones, unas largas vacaciones, se dice para sus adentros mientras deja escapar una sonrisa de satisfacción. Sentada al lado de la ventanilla, mira a su alrededor. La mayoría de la gente viaja con los ojos cerrados. Cara de Metro, color de Metro. Amarillo Sprinfield, decía su hijo. La chica de enfrente, rodilla con rodilla, sin embargo, lleva un rato observándola. Se da cuenta cuando descubre sus ojos clavados en los suyos a través del cristal. La mirada desaparece con la claridad de la estación. La chica se levanta y se marcha devolviéndole la sonrisa.

 

En tres paradas más Concha llega a su destino. La gente se baja del vagón apresurada y en cuestión de segundos el andén queda vacío volviendo a recoger el incesante goteo de almas. Ella, sin prisa, sale a la superficie. Entra a la óptica que está justo en frente de la boca de Metro. Quizás debería regularme de nuevo la graduación de las gafas, piensa. Y cambiármelas. O comprarme unas gafas de sol. Se prueba tres y cuatro. No se decide. Hace cola en el mostrador. Saca la receta de la cartera y pide su kit de lentillas. Cada día más pequeñitos y más monos.  La tipa de la bata blanca junto con el ticket de compra le da una papeleta que anuncia viajes gratis. Menuda chorrada, dice en alto. Pues conozco a más de uno que le ha tocado estando yo de dependienta. Mirándose la uña del dedo Concha saca una moneda del bolsillo. Quita lo plateado en la casilla donde pone rasca y no se inmuta al leer la palabra premio. La tipa de blanco le explica. Es una promoción. La que anuncian en la tele. Le ha tocado un viaje. A Malta. Con descuento para el acompañante.

 

Algo escéptica Concha deja la tienda, dobla la esquina y se acerca paseando hacia casa. A Malta. Una isla mediterránea. La verdad es que no sabe nada más de ese lugar que lo que pone en el panfleto. Si acabo de llegar, se repite. Se angustia pensando como pequeñas nimiedades como renovar sus lentillas pueden influir en este intento por fabricar nuevas rutinas. ¿Y con quién voy? No puedo ir sola. Hace unos meses estos billetes hubiesen sido un regalo del cielo. Ahora son casi un problema. Podría llamar a Vitoria. Seguro que a más de uno le apetecerían unas vacaciones. Pero no es el momento de volver a tener lazos con Vitoria ¡acabo de llegar! Y Marco tiene que trabajar. Quizás su novia. O Luisa. La partida no tiene que ser inmediata. Alguien aparecerá. O a la mierda, que nadie me obliga a ir  ningún sitio. Y sus pensamientos se desvanecen entre el olor de la fruta madura de lunes en la boquería.

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